Alzando el vuelo

Las aves volaban en lo alto del cielo, tocando las nubes y sintiendo cerca los rayos del sol y durante el vuelo disfrutaban de la vista de la tierra, la cual lucía más pequeña por la distancia, sin embargo, esa distancia hacía que se apreciara todo lo que estaba abajo en tierra: árboles, ríos, montanas, mares y mucho más.

Ikia la guacamaya observaba desde las ramas de un árbol a esas aves volar con unas inmensas ganas de ser una de ellas y vivir esa experiencia. Pero no podía.
Desde muy pequeñita, su padre le enseñó que volar más arriba de las copas de los árboles era muy peligroso y doloroso, por esto, ella solo podía observar a quienes si podían volar tan alto que tocaban las nubes.

Eso la ponía triste y la hacía pensar en ¿por qué si tenía unas largas y hermosas alas no podía volar muy alto? La verdad, no tenía una respuesta, pues siempre siguió la regla de su padre sin cuestionarlo porque tenía miedo de salir lastimada tal y como él aseguraba que pasaría.

Pero ese día Ikia estaba harta de esa regla, por tanto, decidió ir a que su padre a preguntarle por qué debía vivir con esa regla tan absurda.

La guacamaya voló hacia el árbol en donde vivía con sus padres. Allí encontró a su padre sentado comiendo moras. Ikia aterrizó sobre la misma rama y sin perder tiempo le preguntó a su padre por qué no tenía permitido volar más allá de la copa de los árboles. Su padre suspiró.

—Ya te lo he dicho hija, el volar muy alto lastimas tus alas haciendo que pierdas el control del vuelo, y si pierdes el control caerás y te lastimaras—dijo mientras se terminaba una mora— No quiero que te lastimes por estar tan arriba en el cielo. Mejor te quedas volando hasta la altura de los árboles donde no es demasiado alto para causarte grandes problemas si llegas a caer.

—No entiendo papá—dijo Ikia frustrada— ¿por qué me lastimaría las alas al volar alto?
El padre de Ikia pensó un poco en la respuesta que daría y dijo:

—Cuando estaba pequeño volé alto y sentí que la brisa era demasiado fuerte. Esto causó que me doliera una de mis alas. No pude controlar el vuelo por la fuerte brisa, así que terminé en el suelo con mi ala rota. Pasé semanas sin volar —El papá recordaba esto triste—. Por eso quiero que te mantengas volando bajo, para que no te lastimes como yo.

Su padre no le había contado esa historia hasta ahora, por ello, quedó sorprendida. Sin embargo, la historia no le respondía todas sus dudas.

— ¿Si volar hace doler las alas por qué las demás aves si pueden volar alto?, ¿soportan el dolor? —preguntó a su padre curiosa.

—No lo sé Ikia, pero si tienes tantas dudas ve a preguntarle a tu abuelo. Él sabe más que yo sobre el vuelo.

Eso era una buena idea.
La guacamaya no dudo y abrió sus alas para volar, sin pasar de las copas de los árboles, hasta donde vivía su abuelo.

Ikia se detuvo en un gran árbol con muchas ramas en donde en el tronco había un gran hueco que hacía de nido. Dentro se encontraba su abuelo, sentado en una mecedora.

El abuelo al notar que Ikia estaba allí se alegró y le dijo que se sentara juntó a él donde había una silla de madera. El abuelo le preguntó a que se debía su visita, a lo que la guacamaya respondió que quería hacerle una pregunta muy importante. Entonces, Ikia preguntó por qué al volar alto dolían las alas.

Su abuelo quedó confundido y le dijo que no entendía la pregunta.

—¿Cómo que duelen?, ¿Te duelen al volar?

Fue allí cuando Ikia le explicó con detalle sobre la regla de no volar más allá de las copas de los árboles, las ganas que tenia de hacerlo y le contó la historia de su padre.

El abuelo empezó a reír después de escuchar todo y Ikia no entendía que le causaba tanta gracia.

—Pues la historia que te ha contado tu padre pasó, pero no como él la recuerda.

Su abuelo le contó que su papá se rompió un ala cuando estaba pequeño, pero no fue por la fuerte brisa sino por ser desobediente.

Cuando su padre apenas era un pichón de guacamayo tenía muchas ansias de volar, pero todavía no estaba listo para ello pues ni siquiera le habían salido todas las plumas. Sin embargo, un día, su padre tuvo la terrible idea de volar, así que se lanzó del tronco del árbol de su casa. Lo siguiente que ocurrió fue que su pobre padre cayó estrepitosamente en la dura tierra partiéndose un ala.

—Tu abuela y yo ayudamos a tu padre a subir al nido, en donde lo curamos poco a poco—contó su abuelo— tu padre debía pasar un mes sin mover el ala para que se recuperara del daño, pero a la semana se sintió mejor y como le habían terminado de salir las plumas creyó que ahora si podía volar.

Entonces le contó que su padre decidió intentar volar de nuevo. El problema no solo fue que todavía el ala estaba rota, sino que ese día había demasiada brisa por que se aproximaba un tornado, así que cuando se lanzó a volar y subió más allá de las copas de los árboles la brisa lo arrastró por los cielos causando que su ala se lastimara más y que cayera con fuerza en el suelo.

La guacamaya estaba muy asombrada.

—Veras Ikia, el volar más arriba de las copas de los árboles no hace mal, ni la brisa, sino las malas decisiones.

—Entonces, ¿puedo volar muy alto y no me pasará nada? —preguntó aun incrédula.

—Puedes volar tan alto como quieras —dijo cariñosamente— Recuerda que lo único que te impedir tocar el cielo con tus alas son tus miedos, así que deshazte de ellos y disfruta de la magia de volar.

Ikia estaba emocionada y feliz de haber encontrado respuesta a su pregunta. Ahora que sabía que podía volar más arriba de lo que nunca se le había permitido no dudo ni un segundo en ponerse de pie para intentarlo.

Entonces, Ikia caminó y se detuvo sobre la rama del árbol donde vivía su abuelo, se impulsó con sus patas y abrió las alas.

Fue en ese momento cuando por primera vez Ikia alzó el vuelo hasta el basto cielo, donde pudo por fin tocar las nubes y sentirse libre como siempre lo había soñado.

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