¡Cuidado con el bosque embrujado!

Esta historia comienza en la casa de Ari el camaleón. Dicha casa era una pequeña, pero acogedora cabaña de madera que quedaba cerca de un lindo bosque que tenía un arroyo y hermosas aves cantoras. Como siempre había un clima agradable a la tarde Ari se la pasaba jugando allí solo o con sus amigos. En esta ocasión el pequeño camaleón estaba solo jugando con su pelota de futbol.

El juego consistía en patear el balón contra uno de los enormes arboles del bosque, que según el camaleón era el portero del equipo contrario imaginario. Cada vez que le pegaba al árbol con el balón gritaba un efusivo ¡GOOOOL!

En una ocasión, cuando pateó el balón este salió disparado hacia el bosque. Ari resopló por haber fallado y tener que ir por el balón. No tenía miedo de entrar en el bosque ya que se lo conocía tan bien como se conocía su casa.

El camaleón buscó entre las raíces de los árboles y los arbustos, pero no veía su balón. Caminó y caminó, pero no lo encontraba. Hasta fue a dar al arroyo, pero el balón tampoco estaba por allí. Era extraño, no podía haber ido tan lejos.

Mientras seguía buscando escuchó unas risitas a lo lejos. Curioso siguió el sonido de las risas. Cuando Ari llegó al lugar vio a una hiena, una rata y ¡su balón! Estaba aliviado. Ari se acercó a los chicos quienes jugaban con su balón, pasándoselo uno al otro con los pies.

—Hola —saludó alzando la mano. La hiena y la rata voltearon a verlo—. Oigan, ese es mi balón, se acaba de extraviar.

Al ver que la ni hiena ni la rata hablaron y solo se le quedaron viendo dijo:

—Podemos jugar los tres juntos si quieren.

La hiena y la rata se echaron a reír. La risa de la hiena era escandalosa como un alarido de dolor y la risa de la rata era más un chillido que una risa. En conclusión, eran las risas más horrorosas que Ari había escuchado. El camaleón no lo tomó bien, pues entendió que se burlaban de él, así que les preguntó que les parecía tan divertido, a lo que la hiena respondió:

—Este balón ahora es nuestro. Nosotros lo encontramos, nosotros nos lo quedamos.

Ari estaba muy, muy molesto. El camaleón empezó a decirle que eran unos ladrones, que ese balón era suyo no de ellos y que tenían que devolvérselo, pero esto no les importó. De hecho, la hiena siguió burlándose de Ari mientras la rata le dijo que se fuera y los dejara jugar tranquilos con su nuevo balón.

Ari se fue lejos de la vista de los abusivos, pero no estaba dispuesto a dejarles su balón. Pensó en que hacer, ¿cómo recuperaría su balón? No lo sabía todavía, pero quizás si espiaba a esos sinvergüenzas lograría recuperar su balón sin que se dieran cuenta.

Así fue como decidió utilizar su don de camuflaje, convirtiendo de esta manera su piel verde claro en un verde más oscuro, justamente el mismo color que el de las hojas de los árboles. También su piel se pintó de tonos marrones iguales que el de la tierra, las raíces y los troncos de los árboles.

Caminó con cuidado de no hacer ruido para no llamar la atención de la hiena y la rata quienes seguían jugando con su balón.

El camaleón se quedó unos minutos esperando el momento en el que dejaran de jugar con su balón para correr y tomarlo, pero ellos no dejaban de jugar. Era muy molesto tener que estar allí parado viéndolos jugar con su balón.

De repente, la rata pateó mal el balón haciendo que este fuera a dar muy cerquita de donde estaba el camaleón. Ari observó como la hiena iba en busca del balón. Sin pensarlo, se apresuró para cogerlo antes.

Como nuestro amigo camaleón estaba concentrado en coger el balón no se dio cuenta de que cerca de uno de sus pies había una ramita.

“Crack”.

Así sonó la rama al partirse bajo el peso de la pata de Ari. La rata, hiena y el camaleón se quedaron muy quietos, a la espera de que pasara algo.

—¿Has escuchado eso? —dijo la hiena.

—Sí, ¿has sido tú? —pregunto la rata.

—No, no he sido yo.

—Y sino fuiste tú ni fui yo ¿quién fue?… ¿Será un fantasma?

—No digas tonterías, los fantasmas no existen —dijo la hiena a la vez que recogía el balón para volver a jugar con él.

Al escuchar eso Ari pensó: “Con que fantasmas, ¿no?”. La mente del camaleón empezó a idear una travesura con la que recuperar su balón y, ¿por qué no?, reírse en el intento.

Fue en ese momento cuando decidido ir a casa a buscar una serie de objetos para armar su trampa. Tomó la sábana blanca de su cama y le hizo unos orificios en donde van los ojos. Abrió una de las gavetas de su habitación y sacó un paquete de globos. Tomó uno y lo infló hasta que estuviese lo más grande posible. Luego, le ató una cuerda al globo y le puso la sabana encima.

El fantasma ya estaba listo.

Ari salió corriendo hacia donde estaban la hiena y la rata, llevando consigo el supuesto fantasma en los brazos para que no se reventara.

 Antes de acercarse a los ladronzuelos, el camaleón se volvió a camuflar y caminó alrededor, pisando las hojas secas y las ramas para hacer ruido apropósito.

La rata y la hiena dejaron de jugar al escuchar los ruidos y cuando se dieron cuenta que los ruidos se escuchaba cada vez más cerca empezaron a temblar del miedo. La rata le preguntaba a la hiena que quien hacia ese sonido. La hiena le decía que se callara mientras veía alrededor en busca de quien vagaba en el bosque.

Fue entonces cuando Ari, que se ocultaba tras un arbusto, alzó el globo con la sabana sosteniéndolo por la cuerda. El camaleón comenzó a hacer sonidos aterradores.

—Ooooohh, OOooOOhh —emitía el sonido con voz temblorosa para darle vida a su fantasma— Quieroo laAa PeloOotaaaa

La rata y la hiena gritaron muy fuerte y cayeron sentados sobre la tierra, ¡no podían creer que los fantasmas existían!, Estaban perplejos. La rata, que había empezado a lloriquear, le dijo al fantasma que el balón era todo suyo, que no lo querían. Tomó el balón entre sus manos y se lo lanzó al “fantasma”.

El problema fue que el balón empujó el globo de Ari hacia la rama de un árbol, ocasionando que este explotara. La sabana cayó lentamente y quedó colgando sobre el arbusto.

En un principio, la rata y la hiena gritaron por el estallido del globo, pero luego dejaron de gritar y lloriquear al ver la sabana. Ahora sus expresiones eran de extrañeza y no de miedo. Ambos se levantaron del suelo y se aproximaron a ver de cerca la escena. Ari se puso muy nervioso, ¡lo iban a descubrir!

“¿Qué hago ahora, que hago ahora?”, pensó apresurado.

De pronto, tuvo una idea.

 Antes de que se acercaran mucho la rata y la hiena, Ari se apresuró en ponerse a sus espaldas (recuerda que no lo podían ver porque estaba camuflado) y les susurró a ambos cerca del oído: “Los estoy vigilando”.

Esto les puso los pelos de punta del miedo a los brabucones quienes se olvidaron de la manta y la pelota. La pelota para ellos no importaba en lo absoluto, ahora lo importante era correr por sus vidas.

Ari vio cómo tanto la rata como la hiena corrían fuera del bosque mientras gritaban:

—¡El bosque esta embrujado!, ¡el bosque esta embrujado!, ¡Cuidado, cuidado!

Entonces, se encontraron en el camino con Ikia, la guacamaya con Ari al lado, y les dijo:

—Todo fue un malentendido, andaba dando vueltas por el bosque, cuando vi lo mal que trataron a Ari, que tampoco debió haberlos asustado con su capacidad de camuflarse.

La hiena y la rata se disculparon con Ari, se rieron de lo ocurrido y se asombraron de que el camaleón tuviera esos poderes mágicos para cambiar de color. Desde ahí se hicieron amigos y prometieron no volver a pelear.

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