La voz marina

La Voz Marina

Si había algo que le gustaba mucho a Sasha era ir a la playa, y  aún más si iba junto a su amigo Robby, quien a pesar de no estar emocionado con la idea de llenarse las tuercas de arena, sí que lo estaba por probar su nuevo y maravilloso invento: La Voz Marina.

—Ven Robby, entremos en el agua—dijo Sasha en la orilla de la playa sintiendo la arena morada bajo sus patas planas.

—Déjame encender “La Voz Marina” y alistarme — El aparato, que parecía un control remoto pequeño con pantalla, tenía un botón verde en una esquina superior, el cual, Robby presionó para activarlo.

 Sasha no quiso esperar más, así que corrió para entrar al agua. Mientras la pingüina jugaba en el mar, Robby se preparó para entrar. Como era un robot no podía mojarse, así que activo en su sistema un traje acuático de color negro y en la cabeza se formó una esfera que simulaba un casco de buzo para protegelo.

¡Ahora si estaba listo para bucear!

Se adentró en el agua poco a poco. Cuando el agua le llegaba por más arriba del pecho Sasha salió a la superficie.

—¡Vaya, pero que súper traje te has puesto!

—Es para evitar que el agua entre en mi sistema y se averíe—dijo Robby. Luego, alzo la mano en donde tenía “La Voz Marina” y dijo —Vamos, busquemos un coral para probar mi invento.

Sasha asintió.

Ambos se adentraron aún más en el agua para que al sumergirse pudiesen explorar mejor. Robby nunca había visto con sus propios ojos el mar, así que quedó impresionado al verlo, pero me temó que no se impresionó de una forma positiva.

Lo que vio no se parecía en nada a lo que había visto en libros o televisión, en donde mostraban un ecosistema saludable. No, allí no había eso.

Al sumergirse, vieron distintos tipos de envases y botellas (tanto plásticas como de vidrio) enterradas en la arena; bolsas plásticas; también había envoltorios, piezas de metal; hasta una llanta de bicicleta y un par de zapatos. ¡Era todo un desastre!

Un aletazo de Sasha sacó a Robby de su impresión. Ella le señaló la superficie porque necesitaba tomar aire. Ambos subieron.

—Me he quedado sin aire rápido al ver todo ese desastre —comentó Sasha preocupada— ¿Sabías que eso estaba así?

—Para nada, nunca pensé que el fondo del mar estuviese tan sucio. Parece un vertedero de basura.

—Sí, eso mismo pensé—dijo Sasha con un gesto de preocupación en su rostro— Más al fondo había una especie de arrecife, aunque se veía desgastado y triste, no sé si hayan peces allí.

—Debemos ir a investigar—dijo Robby.

Entonces, volvieron a sumergirse para buscar ese arrecife que había visto Sasha. Al acercarse al sitio confirmaron que sí, si era un arrecife, o mejor dicho… había sido. Estaba en una situación deplorable. Robby y Sasha se vieron con preocupación.

¿Cómo ocurrió todo esto?

De pronto, un pequeño pez salió de detrás de unas grandes rocas. Robby se emocionó al verlo, pues era indispensable encontrar un ser marino para usar su invento.

Robby colocó el control frente a él, apuntando en dirección al pez, accionó una combinación de botones y luego ocurrió algo imposible.

¡El pez comenzó a hablar!

Sasha quedó tan impresionada que articuló un “¿QUÉ?” causando que salieran miles de burbujas de su boca. Tal parece que la invención del robot era para poder comunicarte con los animales marinos trasformado sus sonidos en palabras.

—¡Quítate extraña cosa, largo de mi cola!, ¡suéltame ya!—dijó el pez según “La Voz Marina”.

Los chicos se dieron cuenta de que el pez tenía algo amarrado en su cola. Era una especie de cinta que se había acabado enredada allí.

—Hola —Saludó Robby. El pez quedó paralizado al escuchar su voz— Si quieres te puedo quitar eso de tu cola

—¿qui-qui-qui-en eres y por qué entiendo lo que dices? 

¡Vaya, el pez también podía entenderle a Robby!

—Soy Robby y quiero ayudarte. Por favor, déjame quitarte eso—el pez lo miraba con recelo, ya que no confiaba en él. 

—No, no, no te acerques a mí… ¡Aléjate!

Por su parte, ¡Sasha no podía creer eso! Tenía muchas ganas de también hablar con el pez, pero no podía hablar bajo el agua, así que solo saludó animadamente con la aleta. 

El pobre pez, que no se había percatado de su presencia, se horrorizó al ver a una pingüina. 

—AHHHHH, ME COMERÁN, ME COMERÁN, AYUDA, AYUDAAAA 

El pez salió nadando con rapidez para alejarse de ellos, pero al pasar junto a una pieza de metal que descansaba sobre la arena se enredó la cinta que tenía en la cola, quedando así atascado. Entonces, Sasha se dio cuenta de que era mejor idea dejar a solas a Robby con el pez, pues, quizás, el hecho de ella comer pescado hacía que ese pececillo no confiara en ella. Así que le hizo señas a Robby de que lo esperaría arriba en la superficie.

Robby aprovechó el incidente para calmar al pez. Comenzó diciéndole que nadie se lo iba a comer, que solo estaban buceando por diversión y fines investigativos.

El pez, por su parte, no dejaba de gritar y de decir cuanta mala suerte tenia.

—¡Primero el calor, luego mi casa, después la esta horrible cosa en mi cola y estoy atascado!, ¿Qué mal he hecho?—dijo dramáticamente el pez.

—Espera, ¿a qué te refieres con eso del calor y tu casa? —preguntó curioso Robby.

—No te diré nada, así que mejor vete —respondió toscamente el pez.

Robby suspiró. No sería nada fácil hacer que el pez confiara en él. Debía primero ganarse su confianza y demostrarle que era inofensivo.

—Te quitaré esa cinta de tu cola si me respondes mi pregunta —Robby esperó que esa oferta fuera suficiente para poder obtener información.

El pez asintió. Entonces, Robby se acercó al pez y con su mano le desenredo la cinta de su cola. Al pez darse cuenta de que ya no era prisionero de ese trozo de basura se puso muy contento, tanto que comenzó a nadar en círculos.

Robby se le quedó viendo, impresionado el pez al darse cuenta de ello se quedó quieto y carraspeó.

—Bueno, te diré lo que me pasó.

El pez comenzó a narrar todo lo que había sucedido hace un año. Le dijo a Robby que antes, esa zona era un limpió y acogedor lugar que tenía un enorme y colorido arrecife en donde vivían en armonía muchas especies marinas tales como: anguilas, peces, larvas marinas, cangrejos y otros muchos.

Lamentablemente, empezaron a arrojar basura al mar haciendo que bolsas, cintas y plásticos quedaran enredados en el arrecife, dificultando, de esta manera, que la luz del sol cayera sobre algunas zonas del arrecife, causando que se fueran enfermando, ya que los corales necesitan luz solar para vivir.

—Tuve un amigo que se quedó encerrado en una cosa de esas —el pez miró una botella de vidrio clavada en la arena— El pobre nunca pudo salir de allí.

El pez continuó diciendo que, a medida que pasaba el tiempo, el agua se sentía cada vez más caliente, al punto en el que el arrecife comenzó a enfermarse. Dijo que el calor del agua hizo que se fueran los colores de los corales, dejándolos blancos y haciendo que poco a poco murieran, pues eran muy sensibles a los cambios de temperatura. Además, el pez contó con indignación como los restos del arrecife fueron arrancados y robado por algunos seres que vivían en la superficie.

Por si fuera poco, muchos peces intentaban comenzar de nuevo a formar un hogar, pero cada vez eran más la cantidad de redes que lanzaban al mar y los sacaban de su habitad.

—Lo que antes era mi casa ahora es un lugar triste y sucio—dijo el pez melancólico— Todos tuvimos que irnos ya que nos quedamos sin nada. Y lo peor es que es muy complicado encontrar otro arrecife por esta zona debido a que cada vez hay menos. Y me pregunto: ¿dónde protegeré  y alimentaré a mi familia si se llegasen a acabar los arrecifes?

Robby escuchaba atentamente y, aunque el pez no tenía mucho cocimiento, era claro lo que decía.

El calor del que hablaba era el calentamiento global que estaba sufriendo el mundo por la contaminación y la deforestación, causando que el agua de los mares y océanos se calentaran también. Además, se dio cuenta, gracias al pez, que la basura, los líquidos tóxicos que se lanzan al agua y la pesca excesiva eran un problema constante para la vida marina.

Sin duda, todo eso era terrible y más cuando los culpables de todo ese desastre eran ellos.

Robby estaba molesto por el egoísmo de los terrestres y muy preocupado por la vida marina, ¡debía hacer algo!

— Te ayudaré a recuperar tu hogar—dijo Robby a modo de promesa.

El pez se le quedó viendo a Robby, pero luego de unos segundos comenzó a hacer un sonido parecido a una risa.

—Para “recuperar mi hogar” todos los de arriba deberían hacer algo, no solo tú —dijo burlón.

—Es cierto, pero si algo sé es que de a poco se empiezan todos los grandes cambios.

El pez no dijo nada porque obviamente no le creía al robot, pero este estaba decidido a ayudarlo.

Robby subió a la superficie en busca de Sasha para contarle todo lo que el pez le había dicho. Cuando llegó a la orilla de la playa se sorprendió al ver a Sasha recogiendo algunas botellas y empaques que habían regados en la arena. Al Sasha verlo, lo saludó y se aproximó hacia donde él estaba.

—Cuéntamelo todo —dijo ansiosa. Robby le contó todo a Sasha quien se puso muy triste por el pez— ¡Ay no, que horrible! Robby le contó su plan de ayudar a los peces y Sasha le dijo que estaba dispuesta a ayudarlo.

—Bueno, al parecer tú ya empezaste con el plan antes de que te lo contara— dijo Robby al ver la pila de basura que había recogido la pingüina.

Lo que hicieron fue un proceso largo y agotador.

Duraron casi un mes, Robby y Sasha limpiaron los alrededores y la profundidad de la playa. Sacaron cualquier desperdicio que allí había y lo reciclaron. Además, empezaron una campaña en la escuela y en la plaza sobre preservar la vida marina.

Poco a poco, los ciudadanos se fueron dando cuenta de la gravedad del problema, y es que sin los arrecifes muchas especies marinas estaban en peligro de extinción. Sin embargo, gracias a todo lo que Robby y Sasha estaban haciendo lograron que las personas de su ciudad fueran más consientes.

Ya no había basura en la playa y ahora realizaban jornadas para limpiar la profundidad del mar. Además, especialistas empezaron a ayudar en la creación de nuevos colares y prohibieron la extracción de estos para uso personal.

Desde entonces Sasha y Robby, a veces, iban a bucear en busca de ese pez pequeñito que les hizo abrir los ojos, pero no lo encontraban.

 Lo más probable era que el movimiento de la zona lo espantara. Sin embargo, los chicos estaban seguros de que, pronto, ese pez volvería para volver a vivir en lo que alguna vez fue su hogar. Y cuando eso pasara charlarían con él para demostrarle que son muchas las personas que quieren ayudarlos a vivir en paz y armonía.

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